El primer recuerdo de Casanova
Quizás por su carácter nebulosamente fronterizo entre la realidad y el deseo, la vigilia y el sueño, la vida y la muerte, la historia y la leyenda, Oriente y Occidente, lo sólido y lo líquido, lo sumergido y lo prodigiosamente alzado, Venecia es esencialmente una ciudad de fantasmas y máscaras, y en ella es tan sensible la presencia de lo convencionalmente matérico como la de todos los espectros de los personajes ilustres que en la vida, los libros, los sueños o el arte han recorrido sus anfibias calles.

Pocas figuras evocan mejor su naturaleza de teatro de máscaras que Giacomo Casanova (1725-1798), autor de Histoire de ma vie, situada con ventaja entre las más fabulosas autobiografías de todos los tiempos, uno de cuyos menores logros tal vez no sea la creación de una máscara o personaje absolutamente fascinante cuya vida, con fidelidad a la incapacidad de su tiempo para la exaltación de sentimientos de rencor, melancolía autocomplaciente, desolación o nihilismo propios de otras épocas menos galantes, deja de ser relatada en cuanto da la primera señal de empezar a convertirse en el subproducto que crea una vejez dolorosa y degradante.
Desearíamos hablar hoy aquí del comienzo del libro, por lo que en él se halla de esa esencia huidiza de Venecia que tanto tiene que ver con la bruma en cuyo seno ciertos cantos de sirena parecen llamarnos dulce y estremecedoramente desde otros planos. También porque acaso arroje algo de luz sobre otra de las características llamativas del libro, su decidida y gozosa apuesta—lejos de los juegos psicológicos y aterradores abismos de la mente lógica que pueden advertirse en otros escritores libertinos como Laclos o Sade—por la celebración de la vida a través mayormente de todas las mujeres a las que Casanova ama, no sólo física sino también emocional e intelectualmente, por mucho que tememos que Fellini—autor de una excelente y sobrecogedora película sobre el personaje– nos llevaría aquí infinitamente la contraria.
La historia tiene que ver con el primer recuerdo de Casanova, cuando tenía ya algo más de ocho años. Era un niño muy enfermo por cuya vida nadie apostaba.
Sufría continuamente de espantosas hemorragias nasales. Sus padres, famosos actores, se encontraban muy lejos, quizá en Inglaterra. Un día su abuela lo metió en una góndola y lo llevo a Murano a ver a una bruja, quien tras encerrarlo en un cofre con aspecto de ataúd, quemar diferentes drogas, recitar conjuros, y frotarlo con un ungüento fragante, le ordenó guardar silencio al respecto y anunció la visita de una encantadora dama a la noche siguiente de la que dependía tanto su curación como su felicidad si tampoco decía nunca nada a nadie sobre ella.
La noche llegó y el niño Casanova vio, o creyó ver, bajar por la chimenea a esa deslumbrante dama, quien se sentó en su cama y le dirigió un largo discurso del que él no comprendió una palabra. Antes de irse le besó. Ni que decir tiene que Casanova estaba curado.
Paul Oilzum
Si alquila apartamentos en Venecia comprenderá enseguida que el aire de esta historia es el que se respira en este sueño o ciudad hadada.









